sábado, 25 de abril de 2026

Libros con premio

El dinero llevaba mucho tiempo escondido en el libro, y él sabía que más pronto o más tarde llegaría el momento. 


Nunca tuvo prisa. A decir verdad la prisa no formó jamás parte de su vida de librero, en la que el trabajo fue lo principal. Para él siempre fue algo más, una forma de entender la vida, un espacio personal e infinito, una aventura perpetua... Constantemente rodeado de estanterías, librerías, volúmenes amontonados por todas partes; índices, catálogos, revistas literarias, archivos, fichas, autores, órdenes  alfabéticos...

No. Nada de prisa. Si de algo dispuso fue de tiempo; todo el tiempo del mundo en un universo propio, lento y silencioso. La tierra.

Y luego estaba ella... Su otra pasión.
Los libros y ella. Ella y los libros. 
El sol... 
La tierra y el sol. El sol y la tierra.

La tierra para vivir y el sol para mantener la vida; el equilibrio perfecto. Habían ido tejiendo una compleja red de acuerdos tácitos que ambos respetaban y hacían la vida posible sin más sobresaltos que los que pudieran producir los cíclicos equinoccios o el inevitable movimiento de precesión. Todo giraba sistemáticamente como se esperaba dentro del caos, y así lo estuvo haciendo desde que se conocieron hasta que, coincidiendo con un afelio, un nuevo satélite entró inesperadamente en la órbita del sistema.

De entre todos los nombres masculinos existentes, tenía que ser Adonis, el asteroide 2101, del tipo Apolo, potencialmente peligroso para la tierra, orbitando alrededor del sol cada novecientos treinta y siete días. Amante de Afrodita e ideal de belleza y nacido como el sol en el Levante, descendiente mesopotámico del mito de Inanna y Tammuz. 
Adonis...

Casi simultáneamente, el universo del librero se vio sacudido de pronto por el brutal impacto que hizo tambalear los cimientos de la librería con un estruendo de fin del mundo; los anaqueles crujieron, los libros cayeron al suelo, el polvo creó una atmósfera irreal al ser tamizado por la luz que entraba por las ventanas... El asteroide había caído y el orden se vio alterado; ya nada giraba como se esperaba. Adonis...

Larisa... Sol... El centro del sistema dejó en ese momento de estar en equilibrio. Larisa, la alegre, la llena de gracia, la que da nombre a la ciudad de Tesalia. Provocó el terremoto desde la antigua Grecia; los dioses despertaron y fueron a buscar a Umberto Ulises. A su librería. Bajaron a su mundo para que hiciera honor a su apellido y comenzara a vagar por las penalidades del vinoso ponto en una tormentosa navegación. Se acabó el descanso y la vida plácida, Ulises. Despierta Odiseo... Comienza tu viaje.

No tuvo la certeza, fue más bien una impresión, un sentimiento, un dolor sordo en lo más profundo de su alma de librero. Allí llegaron Madame Bovary, Lady Chatterley, Anna Karenina a confirmar sus sospechas. Las páginas pasaban rápidamente frente a él, como un endemoniado folioscopio hipnotizante que sin embargo le mostraba la realidad una y otra vez. Si... Su universo de papel se abría ante él para mostrarle la realidad refulgente, desprotegida de cortinas y caoba. 

-"Ulises, Odiseo, toma tu nave y sal a defender lo que es tuyo"... Las voces eran claras, indudables, lo llamaban a él. Fue al lugar conocido y abrió el tomo colocando el dinero entre las páginas.

-Cariño, te presento a Adonis, el amigo del que te hablé.

-Ah... Si... Adonis, ¿Qué tal?. ¿Quieres tomar algo?, dijo sin mirarle directamente a la cara.

-Hola, Umberto. Si, un Fernet-Branca con hielo si es posible.

-¿Y tú, Larisa? ¿Tomarás lo mismo?

-Creo que si, me sentará bien, no me encuentro muy bien esta noche.

El librero se dirigió al mueble-bar a servir las bebidas mientras de espaldas le preguntaba a Adonis:

-¿Te gusta leer, Adonis?

-Si, desde siempre. 

-Cariño, dejemos ese tema por un día, ¿quieres?-dijo Larisa

-Solo quiero jugar a nuestro juego como siempre, amor...

-Pero hoy no es el mejor día, Umberto...

-Dejemos que lo decida tu amigo, ¿Qué dices, Adonis?. El humo del cigarrillo que sostenía entre sus labios le hacía entornar los ojos.

-Por mí está bien. ¿Qué juego es ese?-dijo apoyando su atlético cuerpo sobre la gran estantería llena de libros.

-Se trata de elegir un libro al azar de entre todos los que tienes ahí, el que más te guste. Alguno que signifique algo para ti...- Contestó el librero desde su sillón de terciopelo verde, los ojos casi cerrados ya entre los caídos párpados y oscuras ojeras. Si tienes suerte y eliges bien, igual te llevas algo de dinero esta noche, dijo con una fúnebre sonrisa más parecida a una mueca.

-¡Te lo pido por favor, Umberto! No me apetece seguir con esto hoy, dijo Larisa; el sol, la alegre de Tesalia.

-No, está bien, suena divertido. -Contestó el joven y elástico Adonis, con amplia sonrisa y vivos ojos azules.

-¡Elijo éste!, sacando de la fila de los clásicos un ejemplar de la Odisea.

-¡Buena elección!, se oyó decir entre dientes al librero desde el sillón; los ojos turbios mirando la escena mientras entre el humo del disparo veía caer al suelo el cuerpo de Larisa y los billetes ocultos entre las páginas del libro...






jueves, 19 de marzo de 2026

Ben Webster encounters Coleman Hawkins



Ronie Scott´s club en Londres

-¿Te acuerdas de aquella noche en el Ronie Scott´s? Estabas en todo lo alto, tenías al público disfrutando de lo lindo. 

-Si, fue una de esas noches. Ya sabes...

-¿Inspiradas?

-Eso... Todo salía como debe ser. Tú sabes a lo que me refiero.

-Cuando te olvidas de todo y sueltas lo que llevas dentro, solo tú y el saxo. Cuando no tienes ni siquiera la sensación de estar tocando un instrumento. ¿Es eso, no?

-Eso es. Yo  no lo habría definido mejor.

-Nunca había escuchado soltar tal cantidad de notas en una sola canción... ¿Tienes un cigarrillo?

-Toma, pero acércate a pedirme un bourbon ¿quieres?...

-Voy, yo me tomaré otro.

-Mira, Ben, ya sabes que llevo tocando profesionalmente desde los doce años. Una jodida eternidad. Y en todo ese tiempo he buscado darle la mayor expresividad al instrumento, una obsesión que no me dejaba tranquilo. En aquélla época era algo nuevo, no se tocaba el saxo, casi nadie hacía jazz con él... Pero chico, lo tengo que reconocer, eres el jodido rey del fraseo...

-Jajajaja... Bueno, digamos que algo aprendí del mejor. ¿Otro bourbon?

-¡Venga, ya estás tardando! jajajaja. Toma otro cigarrillo, anda. Ya sé que me lo vas a pedir igualmente.


-¿Fue en el 59, no?

-Creo que sí, no lo sé, ya no me acuerdo. Amigo, llevo tanto tiempo tocando por todo el mundo que se me mezclan fechas y ciudades. Ni me acuerdo de cuándo me largué de Kansas City; era casi un crío... Aún no había empezado con el saxo y tocaba el piano en Amarillo para jodidas películas mudas, jajaja...

-Ya... Y luego los años con Duke, en la orquesta. ¡Qué tiempos!

- El viejo Duke, si...

-Bueno chico, qué quieres que te diga... ¡Estoy seco! Recordar me da sed.

-¡Vengan otros dos bourbon!

-Dame fuego. 

-Toma otro cigarrillo.

Los ojos saltones de Ben Webster miran entre el humo y los vapores del alcohol a su colega Coleman Hawkins. Los nudos de las corbatas están flojos, las camisas un tanto arrugadas, los sombreros ladeados... La mesa llena de vasos vacíos.

Al lado, sobre los soportes, los dos saxos con los que habían estado tocando aquélla noche son por una vez mudos testigos del encuentro entre dos de los más grandes saxofonistas de la historia.

Hay una calle en el sur de Copenhague llamada "Ben Websters vej". Allí pasó los últimos nueve años de su vida.

Su amigo descansa en el cementerio de Woodlawn, en el Bronx.

La música de ambos permanecerá viva siempre...

Ben Webster

Coleman Hawkins


miércoles, 28 de enero de 2026

Nómadas

"La seguridad es un falso dios. Estás perdido si empiezas a sacrificarle cosas"



El barco de casco pintado de amarillo "Ibn Batutta" navega por la bahía de Tánger, dejando a ambos lados el cabo Espartel y punta Malabata respectivamente, rumbo a la ciudad portuaria marroquí tal y como lo estuvo haciendo durante treinta y dos largos años al final de su vida. 

A bordo, el músico y escritor norteamericano Paul Bowles lee en uno de los asientos del salón de pasaje; elegante, vestido con traje y corbata, el pelo blanco, la mirada levantada de tanto en tanto para contemplar a través del gran portillo del navío el azul del mar del estrecho de Gibraltar, que tantas veces ha cruzado a bordo de este barco a la ida y a la vuelta de sus múltiples viajes. Sus más de cuarenta maletas, con cientos de kilos de equipaje y numerosas etiquetas de los más variados países viajan en la bodega, camino a su instalación definitiva amontonadas en el pasillo del piso de Tánger. 

Ya no habrá más viajes.

Recuerda entre la lectura y la visión del mar en la bahía, cómo todo empezó muchos años atrás en otro barco, un mercante, en el que partió rumbo a Europa desde su Norteamérica natal. 
No sabía en ese momento que la vida del barco amarillo de la compañía Limadet (Lignes Maritimes du Detroit) y la suya propia iban a acabar sus días en Tánger con tan solo un año de diferencia...


El libro que reposa en su regazo está abierto por una de las primeras páginas, en concreto por una que dice:

"Dejé mi Tánger natal el 13 de junio de 1325, según el calendario cristiano. Tenía veintiún años y justifiqué mi decisión con los argumentos del peregrino. Así dejé a mis padres, a mis hermanos, a mis mujeres, a mis hijos, a mis amigos y mis bienes. Partí con la misma solemne tranquilidad del pájaro que abandona su nido. Sólo el Altísimo, el Clemente, el Digno de las noventa y nueve virtudes conocía el rumbo de los vientos que me impulsaban,,,"

Con estas palabras comienza la narración, o Rihla, que el jeque Abú Abdallati Muhammad Ibn Abdallah Ibn Muhammad Ibn Ibrahin Al Klawatti, conocido como Ibn Batutta a lo largo de los ciento veinte mil kilómetros que pasaron bajo sus plantas, dictó al estudioso granadino Ibn Yuzayy hace más de seiscientos años.

Ibn Batutta murió en 1369 en Fez, a los sesenta y cuatro años. Su desolado protector, el sultán, mandó acuñar cien monedas de oro de diez onzas cada una, que debían ser enterradas en cien diferentes cruces de caminos que el viajero recorriera. El último propietario de dichas monedas parece haber sido un prestigioso platero de Bremen llamado Isaac Rosemberg, fallecido en 1943 en el campo de concentración de Bergen-Belsen y fueron vistas por última vez en Berlín en 1941. 

Se las conoce como Colección de la Media Luna Errante...

No queda pues un gran legado del jeque más allá de su narración, contada de memoria y con posterioridad a sus viajes, y sospechosa de inexacta e incluso fantasiosa. Sin embargo su nombre, como el de su contemporáneo y asimismo gran viajero Marco Polo, ha llegado hasta nosotros como sinónimo de espíritu errante, de aventurero incansable, de curiosidad inagotable...

Como reza un proverbio árabe: "quién vive ve, pero quién viaja ve más".



A finales de los años cincuenta, el viajero que ahora mira por el portillo llegó a Las Palmas de Gran Canaria. Allí le entregaron un telegrama anunciándole que su mujer, Jane, había tenido una hemorragia cerebral. Una década después, cuando estaba escribiendo sus peculiares recuerdos "Without stopping", publicado entre nosotros con el título igualmente preciso, pero más evocador de: "Memorias de un nómada", anotó que aquel aviso era un inquietante mensaje: “Yo no lo sabía entonces, pero los buenos tiempos habían terminado”.
Le quedaba todavía mucha vida por delante (más de cuarenta años), que ocupó, como antes, en su existencia errante, en sus libros y obras musicales y en aspirar la fragancia extraña de una ciudad, Tánger, que había dejado atrás para siempre sus años de gloria, como creía que pasaría con el tiempo que a él mismo le restaba por vivir.

Jane acabó internada en un hospital y enterrada en el cementerio de San Miguel en Málaga bajo una austera lápida negra. Fueron una pareja en crisis permanente, como Port y Kit Moresby, el matrimonio de El cielo protector, unidos por la desazón, pero también la amistad, por las dificultades económicas y el horizonte ciego de un desierto que guardaba los secretos de una vida plena. 

Quienes le conocieron en sus últimos años recuerdan el sombrío edificio en el que vivía, arruinado, con un ascensor renqueante, la mínima vivienda, el desorden de maletas y recuerdos acumulados, el humo del hachís. A Bowles tampoco le importaba, porque para él cada día lejos de Estados Unidos era “un día más fuera de la cárcel”, de la vida que rechazaba; no en vano, había considerado siempre a su ciudad, Nueva York, como un agujero de “ruido, mugre y desolación”.

En esa Tánger, “ciudad azul, barrida por el viento”, que veía arruinada en sus últimos años, Bowles fue quedándose por casualidad, y en su vejez se daba cuenta de que la ciudad por donde pasaron Delacroix y Matisse vivía de recuerdos, de los años en que el palacio de Sidi Hosni, donde vivió Barbara Hutton, congregaba fiestas y excesos de cocaína, alcohol y sexo. Tánger perdió ese carácter, pero ya había atrapado a Bowles para siempre. Después, llegaron los años en que él mismo ya había perdido los deseos de viajar. Port, el personaje de El cielo protector que es una de las máscaras de Paul Bowles, dice en la novela: “La muerte está siempre en camino, pero el hecho de que no sepamos cuándo llega parece suprimir la finitud de la vida. Lo que tanto odiamos es esa precisión terrible. Pero como no sabemos, llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable.” Bowles sabía que la muerte está siempre en camino, y quiso esperarla en Tánger.

Fue durante casi cuarenta años un hombre nómada, aunque estuviera refugiado en un patio de Tánger, alimentó para nosotros las fascinantes imágenes del desierto que nos traen esas escenas de viajeros perdidos en la bruma del siglo XX, que se adentran en los callejones de zocos árabes seguidos por porteadores que acarrean decenas de bultos y maletas, o en la arena interminable, siempre en busca de un lugar incógnito y feliz. A hundred camels in the courtyard se titula otro de los libros que publicó Bowles, un hombre resignado, apátrida, despojado y nómada, a veces equívoco, que miraba las callejuelas y las montañas de Tánger como si guardara cien camellos en un patio, siempre preparados para partir, para perderse en el Sáhara, para encontrarse, al fin.


Así pues, Ibn Battuta salió de Tánger para volver veinte años más tarde; Bowles llegó un día a esta misma ciudad para ya no marcharse nunca del todo. Con seiscientos años de diferencia, ambos representaron el espíritu viajero, dejando el primero un hermoso libro de viajes, una colección de monedas perdidas y un nombre a un barco amarillo, y el segundo una serie de fascinantes novelas, numerosas obras musicales y una forma de entender el viaje como una manera de vivir.