miércoles, 3 de junio de 2026

Infraescritor

"Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola"

Vargas-Llosa



Soñaba con escribir. A lo grande. Nada de pequeños relatos, no... ¡Eso no era para él!

Sin embargo, una novela, ¡eso sí! De muchas páginas repletas de aventuras y planteamientos filosóficos, con cientos de personajes en intrincada conexión y ubicados en lugares exóticos, en elegantes ciudades; que mantuvieran extensos e ingeniosos diálogos difíciles de seguir para el lector, pero que albergaran toda la esencia de la buena literatura, esa que no se queda en la superficie de las cosas y hay que saber leer entre líneas. Algo profundo y al mismo tiempo fascinante y entretenido; un clásico que perduraría y se seguiría leyendo mucho después de su muerte en las aulas de estudiantes de literatura.

Por supuesto sufriría durante el proceso creativo; se documentaría profusamente en oscuras bibliotecas, robaría horas al sueño, viajaría a las localizaciones para dar veracidad y coherencia al relato, emplearía todo su tiempo y su esfuerzo, todas las técnicas narrativas aprendidas de los clásicos... Pasaría muchas noches en vela, bebería y fumaría hasta deteriorar su salud, sería el precio a pagar por vaciar todo lo que llevaba dentro, una apuesta a todo o nada.

Luego vendría el éxito, las entrevistas en televisión, los viajes de promoción, los eventos rodeado de bellas señoras y elegantes caballeros con los que mantendría cultas conversaciones en una atmósfera de sofisticado glamour en el hall de hoteles de medio mundo en los que firmaría con mucho gusto los ejemplares de su libro.

Si. Así sería... 

La mediocridad no era una opción.



Tac, tac, tacatac, tacatacatac, tac...  rrrrrrr.... tacatac, tac, tacatacatac... rrrrrrr

El ruido de las teclas de las máquinas de escribir se fue haciendo cada vez más nítido, martilleando en su cabeza soñadora, mezclándose con el zumbido de las aspas de los ventiladores y con las lejanas campanadas del reloj de la iglesia cuya torre asomaba al otro lado de los ventanales de la oficina de "La Dolorosa", Seguros y Reaseguros, que marcaban las dos de la tarde de un calurosísimo dos de julio.

Se acabó la media hora de descanso.

Sintió una mano posada en su hombro y esa odiosa voz...

-Ernesto, ¿estás bien? ¡Deja ya de soñar! jajajajaja

-¡Vamos hombre! Sabes que tienes que presentar ese informe antes de las cuatro...



sábado, 25 de abril de 2026

Libros con premio

El dinero llevaba mucho tiempo escondido en el libro, y él sabía que más pronto o más tarde llegaría el momento. 


Nunca tuvo prisa. A decir verdad la prisa no formó jamás parte de su vida de librero, en la que el trabajo fue lo principal. Para él siempre fue algo más, una forma de entender la vida, un espacio personal e infinito, una aventura perpetua... Constantemente rodeado de estanterías, librerías, volúmenes amontonados por todas partes; índices, catálogos, revistas literarias, archivos, fichas, autores, órdenes  alfabéticos...

No. Nada de prisa. Si de algo dispuso fue de tiempo; todo el tiempo del mundo en un universo propio, lento y silencioso. La tierra.

Y luego estaba ella... Su otra pasión.
Los libros y ella. Ella y los libros. 
El sol... 
La tierra y el sol. El sol y la tierra.

La tierra para vivir y el sol para mantener la vida; el equilibrio perfecto. Habían ido tejiendo una compleja red de acuerdos tácitos que ambos respetaban y hacían la vida posible sin más sobresaltos que los que pudieran producir los cíclicos equinoccios o el inevitable movimiento de precesión. Todo giraba sistemáticamente como se esperaba dentro del caos, y así lo estuvo haciendo desde que se conocieron hasta que, coincidiendo con un afelio, un nuevo satélite entró inesperadamente en la órbita del sistema.

De entre todos los nombres masculinos existentes, tenía que ser Adonis, el asteroide 2101, del tipo Apolo, potencialmente peligroso para la tierra, orbitando alrededor del sol cada novecientos treinta y siete días. Amante de Afrodita e ideal de belleza y nacido como el sol en el Levante, descendiente mesopotámico del mito de Inanna y Tammuz. 
Adonis...

Casi simultáneamente, el universo del librero se vio sacudido de pronto por el brutal impacto que hizo tambalear los cimientos de la librería con un estruendo de fin del mundo; los anaqueles crujieron, los libros cayeron al suelo, el polvo creó una atmósfera irreal al ser tamizado por la luz que entraba por las ventanas... El asteroide había caído y el orden se vio alterado; ya nada giraba como se esperaba. Adonis...

Larisa... Sol... El centro del sistema dejó en ese momento de estar en equilibrio. Larisa, la alegre, la llena de gracia, la que da nombre a la ciudad de Tesalia. Provocó el terremoto desde la antigua Grecia; los dioses despertaron y fueron a buscar a Umberto Ulises. A su librería. Bajaron a su mundo para que hiciera honor a su apellido y comenzara a vagar por las penalidades del vinoso ponto en una tormentosa navegación. Se acabó el descanso y la vida plácida, Ulises. Despierta Odiseo... Comienza tu viaje.

No tuvo la certeza, fue más bien una impresión, un sentimiento, un dolor sordo en lo más profundo de su alma de librero. Allí llegaron Madame Bovary, Lady Chatterley, Anna Karenina a confirmar sus sospechas. Las páginas pasaban rápidamente frente a él, como un endemoniado folioscopio hipnotizante que sin embargo le mostraba la realidad una y otra vez. Si... Su universo de papel se abría ante él para mostrarle la realidad refulgente, desprotegida de cortinas y caoba. 

-"Ulises, Odiseo, toma tu nave y sal a defender lo que es tuyo"... Las voces eran claras, indudables, lo llamaban a él. Fue al lugar conocido y abrió el tomo colocando el dinero entre las páginas.

-Cariño, te presento a Adonis, el amigo del que te hablé.

-Ah... Si... Adonis, ¿Qué tal?. ¿Quieres tomar algo?, dijo sin mirarle directamente a la cara.

-Hola, Umberto. Si, un Fernet-Branca con hielo si es posible.

-¿Y tú, Larisa? ¿Tomarás lo mismo?

-Creo que si, me sentará bien, no me encuentro muy bien esta noche.

El librero se dirigió al mueble-bar a servir las bebidas mientras de espaldas le preguntaba a Adonis:

-¿Te gusta leer, Adonis?

-Si, desde siempre. 

-Cariño, dejemos ese tema por un día, ¿quieres?-dijo Larisa

-Solo quiero jugar a nuestro juego como siempre, amor...

-Pero hoy no es el mejor día, Umberto...

-Dejemos que lo decida tu amigo, ¿Qué dices, Adonis?. El humo del cigarrillo que sostenía entre sus labios le hacía entornar los ojos.

-Por mí está bien. ¿Qué juego es ese?-dijo apoyando su atlético cuerpo sobre la gran estantería llena de libros.

-Se trata de elegir un libro al azar de entre todos los que tienes ahí, el que más te guste. Alguno que signifique algo para ti...- Contestó el librero desde su sillón de terciopelo verde, los ojos casi cerrados ya entre los caídos párpados y oscuras ojeras. Si tienes suerte y eliges bien, igual te llevas algo de dinero esta noche, dijo con una fúnebre sonrisa más parecida a una mueca.

-¡Te lo pido por favor, Umberto! No me apetece seguir con esto hoy, dijo Larisa; el sol, la alegre de Tesalia.

-No, está bien, suena divertido. -Contestó el joven y elástico Adonis, con amplia sonrisa y vivos ojos azules.

-¡Elijo éste!, sacando de la fila de los clásicos un ejemplar de la Odisea.

-¡Buena elección!, se oyó decir entre dientes al librero desde el sillón; los ojos turbios mirando la escena mientras entre el humo del disparo veía caer al suelo el cuerpo de Larisa y los billetes ocultos entre las páginas del libro...






jueves, 19 de marzo de 2026

Ben Webster encounters Coleman Hawkins



Ronie Scott´s club en Londres

-¿Te acuerdas de aquella noche en el Ronie Scott´s? Estabas en todo lo alto, tenías al público disfrutando de lo lindo. 

-Si, fue una de esas noches. Ya sabes...

-¿Inspiradas?

-Eso... Todo salía como debe ser. Tú sabes a lo que me refiero.

-Cuando te olvidas de todo y sueltas lo que llevas dentro, solo tú y el saxo. Cuando no tienes ni siquiera la sensación de estar tocando un instrumento. ¿Es eso, no?

-Eso es. Yo  no lo habría definido mejor.

-Nunca había escuchado soltar tal cantidad de notas en una sola canción... ¿Tienes un cigarrillo?

-Toma, pero acércate a pedirme un bourbon ¿quieres?...

-Voy, yo me tomaré otro.

-Mira, Ben, ya sabes que llevo tocando profesionalmente desde los doce años. Una jodida eternidad. Y en todo ese tiempo he buscado darle la mayor expresividad al instrumento, una obsesión que no me dejaba tranquilo. En aquélla época era algo nuevo, no se tocaba el saxo, casi nadie hacía jazz con él... Pero chico, lo tengo que reconocer, eres el jodido rey del fraseo...

-Jajajaja... Bueno, digamos que algo aprendí del mejor. ¿Otro bourbon?

-¡Venga, ya estás tardando! jajajaja. Toma otro cigarrillo, anda. Ya sé que me lo vas a pedir igualmente.


-¿Fue en el 59, no?

-Creo que sí, no lo sé, ya no me acuerdo. Amigo, llevo tanto tiempo tocando por todo el mundo que se me mezclan fechas y ciudades. Ni me acuerdo de cuándo me largué de Kansas City; era casi un crío... Aún no había empezado con el saxo y tocaba el piano en Amarillo para jodidas películas mudas, jajaja...

-Ya... Y luego los años con Duke, en la orquesta. ¡Qué tiempos!

- El viejo Duke, si...

-Bueno chico, qué quieres que te diga... ¡Estoy seco! Recordar me da sed.

-¡Vengan otros dos bourbon!

-Dame fuego. 

-Toma otro cigarrillo.

Los ojos saltones de Ben Webster miran entre el humo y los vapores del alcohol a su colega Coleman Hawkins. Los nudos de las corbatas están flojos, las camisas un tanto arrugadas, los sombreros ladeados... La mesa llena de vasos vacíos.

Al lado, sobre los soportes, los dos saxos con los que habían estado tocando aquélla noche son por una vez mudos testigos del encuentro entre dos de los más grandes saxofonistas de la historia.

Hay una calle en el sur de Copenhague llamada "Ben Websters vej". Allí pasó los últimos nueve años de su vida.

Su amigo descansa en el cementerio de Woodlawn, en el Bronx.

La música de ambos permanecerá viva siempre...

Ben Webster

Coleman Hawkins


miércoles, 28 de enero de 2026

Nómadas

"La seguridad es un falso dios. Estás perdido si empiezas a sacrificarle cosas"



El barco de casco pintado de amarillo "Ibn Batutta" navega por la bahía de Tánger, dejando a ambos lados el cabo Espartel y punta Malabata respectivamente, rumbo a la ciudad portuaria marroquí tal y como lo estuvo haciendo durante treinta y dos largos años al final de su vida. 

A bordo, el músico y escritor norteamericano Paul Bowles lee en uno de los asientos del salón de pasaje; elegante, vestido con traje y corbata, el pelo blanco, la mirada levantada de tanto en tanto para contemplar a través del gran portillo del navío el azul del mar del estrecho de Gibraltar, que tantas veces ha cruzado a bordo de este barco a la ida y a la vuelta de sus múltiples viajes. Sus más de cuarenta maletas, con cientos de kilos de equipaje y numerosas etiquetas de los más variados países viajan en la bodega, camino a su instalación definitiva amontonadas en el pasillo del piso de Tánger. 

Ya no habrá más viajes.

Recuerda entre la lectura y la visión del mar en la bahía, cómo todo empezó muchos años atrás en otro barco, un mercante, en el que partió rumbo a Europa desde su Norteamérica natal. 
No sabía en ese momento que la vida del barco amarillo de la compañía Limadet (Lignes Maritimes du Detroit) y la suya propia iban a acabar sus días en Tánger con tan solo un año de diferencia...


El libro que reposa en su regazo está abierto por una de las primeras páginas, en concreto por una que dice:

"Dejé mi Tánger natal el 13 de junio de 1325, según el calendario cristiano. Tenía veintiún años y justifiqué mi decisión con los argumentos del peregrino. Así dejé a mis padres, a mis hermanos, a mis mujeres, a mis hijos, a mis amigos y mis bienes. Partí con la misma solemne tranquilidad del pájaro que abandona su nido. Sólo el Altísimo, el Clemente, el Digno de las noventa y nueve virtudes conocía el rumbo de los vientos que me impulsaban,,,"

Con estas palabras comienza la narración, o Rihla, que el jeque Abú Abdallati Muhammad Ibn Abdallah Ibn Muhammad Ibn Ibrahin Al Klawatti, conocido como Ibn Batutta a lo largo de los ciento veinte mil kilómetros que pasaron bajo sus plantas, dictó al estudioso granadino Ibn Yuzayy hace más de seiscientos años.

Ibn Batutta murió en 1369 en Fez, a los sesenta y cuatro años. Su desolado protector, el sultán, mandó acuñar cien monedas de oro de diez onzas cada una, que debían ser enterradas en cien diferentes cruces de caminos que el viajero recorriera. El último propietario de dichas monedas parece haber sido un prestigioso platero de Bremen llamado Isaac Rosemberg, fallecido en 1943 en el campo de concentración de Bergen-Belsen y fueron vistas por última vez en Berlín en 1941. 

Se las conoce como Colección de la Media Luna Errante...

No queda pues un gran legado del jeque más allá de su narración, contada de memoria y con posterioridad a sus viajes, y sospechosa de inexacta e incluso fantasiosa. Sin embargo su nombre, como el de su contemporáneo y asimismo gran viajero Marco Polo, ha llegado hasta nosotros como sinónimo de espíritu errante, de aventurero incansable, de curiosidad inagotable...

Como reza un proverbio árabe: "quién vive ve, pero quién viaja ve más".



A finales de los años cincuenta, el viajero que ahora mira por el portillo llegó a Las Palmas de Gran Canaria. Allí le entregaron un telegrama anunciándole que su mujer, Jane, había tenido una hemorragia cerebral. Una década después, cuando estaba escribiendo sus peculiares recuerdos "Without stopping", publicado entre nosotros con el título igualmente preciso, pero más evocador de: "Memorias de un nómada", anotó que aquel aviso era un inquietante mensaje: “Yo no lo sabía entonces, pero los buenos tiempos habían terminado”.
Le quedaba todavía mucha vida por delante (más de cuarenta años), que ocupó, como antes, en su existencia errante, en sus libros y obras musicales y en aspirar la fragancia extraña de una ciudad, Tánger, que había dejado atrás para siempre sus años de gloria, como creía que pasaría con el tiempo que a él mismo le restaba por vivir.

Jane acabó internada en un hospital y enterrada en el cementerio de San Miguel en Málaga bajo una austera lápida negra. Fueron una pareja en crisis permanente, como Port y Kit Moresby, el matrimonio de El cielo protector, unidos por la desazón, pero también la amistad, por las dificultades económicas y el horizonte ciego de un desierto que guardaba los secretos de una vida plena. 

Quienes le conocieron en sus últimos años recuerdan el sombrío edificio en el que vivía, arruinado, con un ascensor renqueante, la mínima vivienda, el desorden de maletas y recuerdos acumulados, el humo del hachís. A Bowles tampoco le importaba, porque para él cada día lejos de Estados Unidos era “un día más fuera de la cárcel”, de la vida que rechazaba; no en vano, había considerado siempre a su ciudad, Nueva York, como un agujero de “ruido, mugre y desolación”.

En esa Tánger, “ciudad azul, barrida por el viento”, que veía arruinada en sus últimos años, Bowles fue quedándose por casualidad, y en su vejez se daba cuenta de que la ciudad por donde pasaron Delacroix y Matisse vivía de recuerdos, de los años en que el palacio de Sidi Hosni, donde vivió Barbara Hutton, congregaba fiestas y excesos de cocaína, alcohol y sexo. Tánger perdió ese carácter, pero ya había atrapado a Bowles para siempre. Después, llegaron los años en que él mismo ya había perdido los deseos de viajar. Port, el personaje de El cielo protector que es una de las máscaras de Paul Bowles, dice en la novela: “La muerte está siempre en camino, pero el hecho de que no sepamos cuándo llega parece suprimir la finitud de la vida. Lo que tanto odiamos es esa precisión terrible. Pero como no sabemos, llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable.” Bowles sabía que la muerte está siempre en camino, y quiso esperarla en Tánger.

Fue durante casi cuarenta años un hombre nómada, aunque estuviera refugiado en un patio de Tánger, alimentó para nosotros las fascinantes imágenes del desierto que nos traen esas escenas de viajeros perdidos en la bruma del siglo XX, que se adentran en los callejones de zocos árabes seguidos por porteadores que acarrean decenas de bultos y maletas, o en la arena interminable, siempre en busca de un lugar incógnito y feliz. A hundred camels in the courtyard se titula otro de los libros que publicó Bowles, un hombre resignado, apátrida, despojado y nómada, a veces equívoco, que miraba las callejuelas y las montañas de Tánger como si guardara cien camellos en un patio, siempre preparados para partir, para perderse en el Sáhara, para encontrarse, al fin.


Así pues, Ibn Battuta salió de Tánger para volver veinte años más tarde; Bowles llegó un día a esta misma ciudad para ya no marcharse nunca del todo. Con seiscientos años de diferencia, ambos representaron el espíritu viajero, dejando el primero un hermoso libro de viajes, una colección de monedas perdidas y un nombre a un barco amarillo, y el segundo una serie de fascinantes novelas, numerosas obras musicales y una forma de entender el viaje como una manera de vivir.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Vientos


"Levantó la vista del libro y vio que el hombre, con los ojos clavados en ella, empezaba a hablar en la penumbra."

Michael Ondaatje. El paciente inglés.



De sus labios comenzaron a brotar las palabras en un murmullo sibilante, como resbalando a pequeños borbotones sobre la sábana que lo cubría, subiendo lentamente, deslizándose por el aire denso e inmóvil y llenando poco a poco los huecos vacíos de la habitación. Notaba la boca seca, como con arena, pero no quería beber de momento. Le vino a la mente la visión de la cantimplora en la mano de Selim, que le hizo perder el juicio cuando estuvo a punto de sufrir la muerte por sed y los sudaneses le rogaron entre sollozos que se mantuviese tranquilo, pues aún no debía comenzar a beber... Lo tenía fresco en su memoria, como si hubiese sucedido en un pasado reciente, aunque ya había transcurrido mucho tiempo de aquello. Los vientos del desierto habían ido haciendo su trabajo, pero no habían conseguido borrar ciertos recuerdos.

Decía, como quien recita una lección bien aprendida de memoria: 

-"¿Sabes que el desierto de Libia es una de las zonas más secas de la tierra y el contenido de humedad desciende durante el día a un porcentaje inconmensurablemente escaso? Algunos beduinos me contaron que en los meses de verano, e incluso en algunos días de primavera, cuando sopla el viento cálido del sur, la agonía de quienes mueren de sed puede comenzar ya a las ocho horas de la última ingestión de líquido. Nosotros no habíamos bebido nada desde hacía once."

-"Allí, en el Uadi Abd El Melik, aprendí que en el desierto sólo se puede cometer un error una vez; también aprendí sobre los vientos, que pueden ser tan distintos y cambiantes como las circunstancias de la vida."

-Los vientos... 

-¿Quieres que te hable de los vientos, Hana?

-Si, cuénteme cosas de los vientos. Hace mucho calor aquí, le contestó mientras miraba hacia afuera desde la penumbra. 

-En el sur de Marruecos hay un viento en forma de torbellino, el aajej, contra el que los fellahín se defienden con cuchillos. Otro es el africo, que a veces ha llegado hasta la ciudad de Roma. El alm, viento otoñal, procede de Yugoslavia. El arifi, también llamado aref o rifi, abrasa con numerosas lenguas. Ésos son vientos permanentes, que viven en el presente.

-¿Y hay más?. Siga, por favor.

-Hay otros menos constantes que cambian de dirección, pueden derribar a un caballo y su jinete y se reorientan en sentido contrario a las agujas del reloj. El bist roz azota el Afganistán durante ciento setenta días... y entierra aldeas enteras. Otro es el caliente y seco ghibli, procedente de Túnez, que da vueltas y más vueltas y ataca al sistema nervioso. El hahoob es una repentina tormenta de polvo procedente del Sudán que se adorna con brillantes cortinas doradas de mil metros de altura y va seguida de lluvia. El harmattan sopla y después se pierde en el Atlántico. Imbat es una brisa marina del África septentrional. 

-Algunos vientos se limitan a suspirar hacia el cielo. Hay tormentas nocturnas de polvo que llegan con el frio. El jamsin, bautizado con la palabra árabe que significa "cincuenta" porque sopla durante cincuenta días, es un polvo que se levanta en Egipto  de marzo a mayo. El datoo procede de Gibraltar y va acompañado de fragancias.

-El nafhat es una ráfaga procedente de Arabia. El mezzarifoullousen, violento y frío procede del sudoeste. El beshabar "viento negro" es otro viento sombrío y seco procedente del nordeste, del Cáucaso. El samiel procede de Turquía y se aprovecha a menudo en las batallas.

-Las tormentas de polvo revisten tres formas: el remolino, la columna y la cortina. En el primero desaparece el horizonte. En la segunda te ves rodeado de "djinns danzantes". La tercera, la cortina, aparece teñida de cobre: la naturaleza parece arder.

-Me cuesta un considerable esfuerzo seguir recordando, Hana...

-Déjelo entonces. Debe descansar...

Ralph Fiennes, o el conde Almásy, aferra con sus manos quemadas el ejemplar de las "Historias" de Heródoto, manoseado, ajado y plagado de notas y antiguas fotos que siempre lo acompañó en sus viajes por el desierto desde El Cairo hasta aquella cueva de Gilf Kebir, donde tuvo que dejar a Kristin Scott-Thomas, o Katharine, tras el accidente con la avioneta.



En la semi-derruída villa de La Toscana donde aguarda el final, Juliette Binoche, o Hana, lo cuida solícita tratando de encontrar algún sentido al sinsentido de la guerra, en un intento desesperado de salvarlo a él y tal vez y probablemente salvarse ella misma... 
A través de la ventana, sobre los campos de olivos y vides, ve como las hojas de los árboles comienzan a agitarse con las primeras ráfagas de un viento cálido, que a pesar de lo que le acaba de contarle el paciente no logra identificar... ¿Era el africo, el aarm? ¿El samiel tal vez?. No. Imposible acordarse...

El conde Lázlo Almásy, o Ralph Fiennes, quiso explorar el desierto y vivir lejos, en espacios infinitos, bajo cielos tan limpios que hicieran que todos los demás parecieran intentos fallidos, y noches perturbadoras en las que no quedaba más que el propio aliento y los latidos del corazón. Pasó el "bapteme de la solitude". Sabía que nadie que hubiera permanecido en el Sáhara durante algún tiempo seguía siendo la misma persona que cuando fue allí... Quiso probar coches y volar avionetas en condiciones extremas. Quiso estar fuera. Lejos de Europa, de las convenciones, y acabó atrapado en una guerra.

Hana, o Juliette Binoche, la enfermera canadiense, nunca quiso ir a una guerra. Tampoco imaginó que pasaría un tiempo en aquélla villa cuidando a un misterioso paciente moribundo y enamorada de un hindú cuya vida pendía de un hilo cada vez que desactivaba una mina... Kip... Ese era el nombre del zapador de pelo oscuro y largo bajo el dastar sij...

Katharine Clifton, o Kristin Scott-Thomas nunca pensó morir sola en una cueva en el desierto. Nada mas alejado del deseo de una mujer blanca y noble, acostumbrada a la sociedad mundana y sus reglas...

Un accidente de avioneta la dejó alli.

Willem Dafoe, o Caravaggio, nunca esperó buscar morfina en una villa derruida de La Toscana. Un ladrón sin fortuna y sin dedos en un lugar en el que poco había que robar. Como Hana, solo buscaba un sitio en el que refugiarse y encontrar algo de sentido a su vida. Y como ella, lo encontró a él. Al paciente. A Lázlo, el explorador del desierto. El hombre sin rostro y sin pasado. El aventurero, espía, apátrida. Un tipo solitario, extremo, duro y delicado. Uno de esos seres atemporales, supervivientes, en cierto modo descubridores de lo propio y lo colectivo. Uno entre un millón... Capaz de lo mejor y lo peor. La esencia del ser humano. 

Hay personas a las que el destino pone en el sitio que no les corresponde. No fue su caso. Hay seres grises y temerosos en territorios de aventura y en épocas cruciales. Y viceversa, seres aventureros atrapados por las a veces aburridas circunstancias vitales... No fue así con Ladislaus Almásy. 

También hay vientos que barren el desierto y vientos que mueven el mar; vientos como las vidas de las personas. A veces violentos, a veces calmados; a veces cálidos, a veces fríos; soplando en todas direcciones.

Viento como parte fundamental de la vida del marino a vela; viento para volar aeroplanos que a veces se estrellan en el desierto... Viento...


domingo, 30 de noviembre de 2025

Mala mar




No la vio venir

Navegó esforzado y despreocupado durante años; entre temporales, chubascos, calmas, mala mar, incontables días bellos y soleados; calurosos y fríos; otros tantos aburridos y extraños,

Hasta que un día llegó...

Ella

La ola

Les puso popa al cielo, casi vertical, con un rugido sordo y envolvente de animal salvaje;

bajo la resaca vislumbraron oscuridades rocosas y algas anchas de verde brillante,

estuvieron en la cresta y luego vino lo peor…

La bajada

Brusca, violenta, de alguna manera desconcertante; alcanzaron velocidad de vértigo;

Al parar, el revolcón les dejó ciegos en un centrifugado de espumas blancas y ruido de conchas,

creyeron desaparecer...

Después vino la calma. Y no fue mucho mejor.

El barco flotaba aun.  Las maderas abiertas, los mástiles desarbolados, el agua corría en las sentinas.

Pero flotaba…

Quedó la incierta alegría de estar vivos y la ardua tarea de la supervivencia y la reconstrucción,

pero las secuelas del naufragio permanecieron.

Vinieron otros barcos; ya nunca fue el mismo capitán. No podía ser.

Así es la ley del mar; olas sucediéndose unas tras otras eternamente, arrasando, inagotables; indiferentes a las ocupaciones de los hombres en sus dominios;

Desgastándolos como a las piedras redondas de las playas recónditas…

Y él lo sabía...


lunes, 27 de octubre de 2025

El chico del cajero

"A decir verdad, no era de esos tipos que se lo piensan mucho. Estos soñadores que se limitan a presenciar la agitación del mundo son drásticos una vez atrapados por la necesidad de actuar"

Conrad




Se quedó sin dinero, de modo que comenzó a caminar por la larga avenida en busca de un cajero mientras las últimas luces del día se iban desvaneciendo y el sol anaranjado se perfilaba partido por la mitad al final de la calle entre los altos edificios; debían de ser las siete de la tarde de un desapacible mes de octubre cualquiera en aquella ciudad del sur. 

Pegado a la ventanita metálica en la esquina de la calle estaba él, inclinado sobre la pequeña pantalla tratando de obtener el dinero que necesitaba, o al menos alguna información sobre su saldo en aquel maldito banco, pero el mensaje volvía a aparecer una y otra vez: “saldo insuficiente”, aunque sabía de sobra que tenía “saldo suficiente”, así que su mal humor se iba encendiendo poco a poco. 

Ella se colocó detrás aguardando su turno y tras un buen rato esperando, empezó a impacientarse y a ponerse nerviosa. Sus pies no querían quedarse quietos en el sitio y daban pequeños pasitos hacia uno y otro lado, al tiempo que sus ojos miraban en todas direcciones. Al fin, el chico se retiró ofuscado protestando ante la imposibilidad de conseguir su objetivo y al darse la vuelta sus miradas se encontraron. 

-Perdona… 

-Tranquilo, no pasa nada. 

-He tardado mucho. 

Ella sonrió sin decir nada. 

Aquella sonrisa amable, amplia, mostrando unos dientes algo separados que le daban un toque divertido, casi infantil, acabó de hacerle olvidar su problema con el cajero y en ese instante supo que tenía que hacer algo; no podía dejar que se esfumara así como así. El mal humor se disipó de repente. Aguardó a que ella terminara en el cajero, y al darse la vuelta para seguir su camino le preguntó: 

-¿Cómo te llamas? 

Ella lo miró sorprendida aunque no asustada y como no le pareció un tipo peligroso, sin saber exactamente por qué, se lo dijo. 

-Julia.

El viento que cruzaba las calles proveniente del mar formó un remolino de papeles en torno a sus pies y sus cabellos castaños y rizados se empeñaron en ocultarle la cara, rebeldes. En este preciso momento aprovechó para invitarla a tomar un café. Aceptó. 

La cafetería estaba llena de gente, y el humo de los cigarrillos envolvía las conversaciones disipando las palabras hasta convertirlas en un murmullo apagado. Hacía calor. Ella pidió un cortado y él un Bombay con tónica confiando en que el alcohol le templaría el ánimo y le daría el valor suficiente para dar el siguiente paso. Era tímido y no estaba pasando por el mejor momento de su vida. 

-No sé muy bien qué decirte… 

-¿Y por qué me has invitado a venir entonces?

-No lo sé. Creo que sentí que quería conocerte en cuanto te he visto. No tengo una explicación. 

-Pues no es una cosa muy normal, ¿no? La gente no va haciendo por ahí cosas sin saber por qué, dijo sonriendo.

-Ya. Pero ya te digo, estoy pasando una época rara en mi vida y hago cosas que normalmente no haría. 

-¿Y qué te pasa? 

-Sería largo de contar y creo que ahora no es el momento. Preferiría que me contaras cosas de ti. 

-Bueno, la verdad es que ahora no tengo mucho tiempo. No pensaba parar a tomar este café pero ya que me has invitado, te lo agradezco. Ahora me tengo que ir, ya quedaremos otro día, ¿vale? 

-Vale. ¿Me das tu número de teléfono? Si no va a ser imposible que nos volvamos a encontrar. 

Ella dudó, pero finalmente se lo dio.

Después de dos citas la besó. No tenía muy claro hacia adonde iba todo aquello. Su insistencia la estaba  abrumando; no lo conocía de nada y ya le estaba empezando a molestar que un extraño la metiera en todos sus problemas. El chico triste parecía querer tener un hombro sobre el que llorar, así que ella decidió cortar por lo sano y acabar con el asunto de raíz; fue un poco brusca y quizá desagradable, pero pensó que era la única manera de que él entendiera. 

Él entendió. 






Aquel invierno estaba resultando más frío de lo habitual en aquélla ciudad del sur. El viento de poniente sopló con furia durante semanas trayendo consigo lluvias y borrascas, la humedad calaba hasta los huesos; las olas atlánticas barrían el litoral con furia y el océano verdoso no había dejado de agitarse incesantemente bajo un cielo gris y encapotado. Un tiempo capaz de arrasar el ánimo y la voluntad. 

Fue en otra tarde cualquiera de ese invierno sobre las siete cuando sonó el teléfono. La habitación estaba solo iluminada por la pequeña lámpara de lectura. Los cristales del ventanal se agitaban con el viento. Se sobresaltó. En la pantalla del móvil apareció su nombre. Sin saber muy bien por qué, no había borrado el número. No tenía el corazón tan duro como para no contestar, y la sorpresa llegó en forma de voz femenina. 

-¿Si? 

-Hola.

-¿Quién es? 

-¿Eres Julia? 

-Si, ¿y tú quién eres? Este es el número de Domingo… 

-Al otro lado comenzaron a oírse los sollozos y una voz intentando articular las palabras. Era su hermana. Estaba llamando uno a uno a todos los amigos y contactos que él tenía grabados en el móvil. No eran muchos y la única desconocida era ella. La hermana sólo quería saber quién era. El chico triste había muerto en un desgraciado accidente de moto… 

Con el teléfono aún en la mano, su mirada quedó fija y perdida en la oscuridad tras los ventanales empañada por gruesas lágrimas, recordando aquella tarde en el cajero...