El dinero llevaba mucho tiempo escondido en el libro, y él sabía que más pronto o más tarde llegaría el momento.
Nunca tuvo prisa. A decir verdad la prisa no formó jamás parte de su vida de librero, en la que el trabajo fue lo principal. Para él siempre fue algo más, una forma de entender la vida, un espacio personal e infinito, una aventura perpetua... Constantemente rodeado de estanterías, librerías, volúmenes amontonados por todas partes; índices, catálogos, revistas literarias, archivos, fichas, autores, órdenes alfabéticos...
No. Nada de prisa. Si de algo dispuso fue de tiempo; todo el tiempo del mundo en un universo propio, lento y silencioso. La tierra.
Y luego estaba ella... Su otra pasión.
Los libros y ella. Ella y los libros.
El sol...
La tierra y el sol. El sol y la tierra.
La tierra para vivir y el sol para mantener la vida; el equilibrio perfecto. Habían ido tejiendo una compleja red de acuerdos tácitos que ambos respetaban y hacían la vida posible sin más sobresaltos que los que pudieran producir los cíclicos equinoccios o el inevitable movimiento de precesión. Todo giraba sistemáticamente como se esperaba dentro del caos, y así lo estuvo haciendo desde que se conocieron hasta que, coincidiendo con un afelio, un nuevo satélite entró inesperadamente en la órbita del sistema.
De entre todos los nombres masculinos existentes, tenía que ser Adonis, el asteroide 2101, del tipo Apolo, potencialmente peligroso para la tierra, orbitando alrededor del sol cada novecientos treinta y siete días. Amante de Afrodita e ideal de belleza y nacido como el sol en el Levante, descendiente mesopotámico del mito de Inanna y Tammuz.
Adonis...
Casi simultáneamente, el universo del librero se vio sacudido de pronto por el brutal impacto que hizo tambalear los cimientos de la librería con un estruendo de fin del mundo; los anaqueles crujieron, los libros cayeron al suelo, el polvo creó una atmósfera irreal al ser tamizado por la luz que entraba por las ventanas... El asteroide había caído y el orden se vio alterado; ya nada giraba como se esperaba. Adonis...
Larisa... Sol... El centro del sistema dejó en ese momento de estar en equilibrio. Larisa, la alegre, la llena de gracia, la que da nombre a la ciudad de Tesalia. Provocó el terremoto desde la antigua Grecia; los dioses despertaron y fueron a buscar a Umberto Ulises. A su librería. Bajaron a su mundo para que hiciera honor a su apellido y comenzara a vagar por las penalidades del vinoso ponto en una tormentosa navegación. Se acabó el descanso y la vida plácida, Ulises. Despierta Odiseo... Comienza tu viaje.
No tuvo la certeza, fue más bien una impresión, un sentimiento, un dolor sordo en lo más profundo de su alma de librero. Allí llegaron Madame Bovary, Lady Chatterley, Anna Karenina a confirmar sus sospechas. Las páginas pasaban rápidamente frente a él, como un endemoniado folioscopio hipnotizante que sin embargo le mostraba la realidad una y otra vez. Si... Su universo de papel se abría ante él para mostrarle la realidad refulgente, desprotegida de cortinas y caoba.
-"Ulises, Odiseo, toma tu nave y sal a defender lo que es tuyo"... Las voces eran claras, indudables, lo llamaban a él. Fue al lugar conocido y abrió el tomo colocando el dinero entre las páginas.
-Cariño, te presento a Adonis, el amigo del que te hablé.
-Ah... Si... Adonis, ¿Qué tal?. ¿Quieres tomar algo?, dijo sin mirarle directamente a la cara.
-Hola, Umberto. Si, un Fernet-Branca con hielo si es posible.
-¿Y tú, Larisa? ¿Tomarás lo mismo?
-Creo que si, me sentará bien, no me encuentro muy bien esta noche.
El librero se dirigió al mueble-bar a servir las bebidas mientras de espaldas le preguntaba a Adonis:
-¿Te gusta leer, Adonis?
-Si, desde siempre.
-Cariño, dejemos ese tema por un día, ¿quieres?-dijo Larisa
-Solo quiero jugar a nuestro juego como siempre, amor...
-Pero hoy no es el mejor día, Umberto...
-Dejemos que lo decida tu amigo, ¿Qué dices, Adonis?. El humo del cigarrillo que sostenía entre sus labios le hacía entornar los ojos.
-Por mí está bien. ¿Qué juego es ese?-dijo apoyando su atlético cuerpo sobre la gran estantería llena de libros.
-Se trata de elegir un libro al azar de entre todos los que tienes ahí, el que más te guste. Alguno que signifique algo para ti...- Contestó el librero desde su sillón de terciopelo verde, los ojos casi cerrados ya entre los caídos párpados y oscuras ojeras. Si tienes suerte y eliges bien, igual te llevas algo de dinero esta noche, dijo con una fúnebre sonrisa más parecida a una mueca.
-¡Te lo pido por favor, Umberto! No me apetece seguir con esto hoy, dijo Larisa; el sol, la alegre de Tesalia.
-No, está bien, suena divertido. -Contestó el joven y elástico Adonis, con amplia sonrisa y vivos ojos azules.
-¡Elijo éste!, sacando de la fila de los clásicos un ejemplar de la Odisea.
-¡Buena elección!, se oyó decir entre dientes al librero desde el sillón; los ojos turbios mirando la escena mientras entre el humo del disparo veía caer al suelo el cuerpo de Larisa y los billetes ocultos entre las páginas del libro...


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