Vailima, Samoa, ocho de... de mil ochocientos noventa y...
Veo la goleta fondeada desde la ventana de mi estancia, desde mi cama. Blanca, esbelta, meciéndose lentamente en el turquesa de las aguas del atolón; la cubierta protegida del sol por toldos de los que sobresalen los barnizados mástiles recortados en el azul difuso del cielo. En el de mesana ondea la bandera británica.
A veces en su movimiento de borneo se desplaza con la brisa y queda semioculta, como tras una cortina que se mueve con el viento, por las verdes ramas y hojas de los cocoteros.
Sin embargo y pese a la aparente calma y la belleza de este paisaje, todo parece ir acercándose ya al final. Mi buen amigo, el rey Malietoa Laupepa está preso y los alemanes y norteamericanos ya están tomando Apia. Quieren repartirse Upolu y Pago Pago para controlar Samoa. Finalmente parece que la tranquilidad de estas islas va a ser alterada; ya no se encuentra paz ni siquiera en estos lugares alejados de todo. Me avergüenzo de mis compatriotas y del ansia colonialista que se extiende sin límite y he tratado de ayudar y aconsejar a Mailetoa aunque me temo que no servirá de mucho...
Espero recostado sobre almohadones blancos como la goleta la llegada del sueño, y sé que éste puede ser el último en el que me sumerja. Así está bien. Estoy cansado. Durante catorce años no he conocido un solo día efectivo de salud. He escrito con hemorragias, he escrito enfermo, entre estertores de tos, he escrito con la cabeza dando tumbos... No quiero irme, pero mi cuerpo no aguanta más.
En los ratos en los que cierro los ojos y trato de descansar, me transporto a los fríos y las oscuridades de Edimburgo, a las terroríficas noches en el nº 8 de Howard Place donde mi niñera "Cummy" me contaba truculentas historias que me sumían en horribles pesadillas. Otras veces viajo de nuevo con mi padre y mis tíos Alan y David a visitar los lugares en los que construían sus faros. Parajes desolados de cielos grises, vientos gélidos y mares agitados... Sueño como cuando era pequeño con esos mares, aquéllos castillos, aquéllos personajes envueltos en negras vestimentas. Todo eso lo escribí en mis novelas...
Creo que en Escocia no habría durado mucho con esta salud que me tocó en suerte, o en desgracia debería decir. Pero no me quejo. He viajado, he escrito, conocí a Fanny que me acompaña aquí y lo ha hecho desde que nos conocimos en Grez. Fanny, qué habría sido de mí sin ella... Monterey, San Francisco, vuelta a Gran Bretaña, Davos, Nueva York. Siempre tratando de encontrar un lugar en el que mi precaria salud mejorara...
Al fin llegamos aquí, donde todo pareció mejorar, mi tuberculosis restablecerse, mi creatividad volver a dar frutos.
Me despierto confundido de este duermevela. He tratado de leer con la vista nublada la carta que al fin y después de muchos intentos por mi parte me contestó ese estrafalario pintor francés del que me hablaron. Un tal Gauguin. Sé que vive en las Marquesas, en Hiva Oa, y que llegamos a estas islas casi al mismo tiempo. Aquéllas islas han sido tomadas por los franceses; parece que quería escapar de la civilización europea y de todo lo"artifial y convencional", según sus propias palabras, pero no lo ha conseguido del todo y vive en un desorden de alcohol, mala salud y "vahines" mucho más jóvenes que él, prácticamente niñas. No he visto ninguna de sus obras, pero parece que ha tenido cierto éxito con ellas... En fin, no creo que sea un personaje muy recomendable; de todas formas ya no llegaré a conocerlo.
Ahora estoy muy cansado, creo que tomaré otro vaso de whisky y trataré de dictarle un párrafo más de "Weir of Hermiston" a Lloyd, luego charlaré un poco con mi "Aelele" como llaman aquí a Fanny, y me dormiré.
Por cierto, a mí me llaman "Tusitala".
Parece que quiere decir: "el que cuenta historias"...





