Se veían venir de lejos. A intervalos regulares un potente foco iluminaba el inmenso cielo negro plagado de estrellas del sur de la isla canaria de Tenerife.
Al principio eran solo una luz más en el firmamento pero luego, conforme se iban acercando, la lejana silueta iba desvelando la forma del fuselaje de un avión y Víctor, Roland y Yannis jugaban a adivinar a qué compañía aérea podían pertenecer mientras daban cuenta de una botella de vino tinto "Sangre de Toro" sentados en el borde del murito de la terraza junto al tejado, en la casa de la urbanización Golf del Sur que tenían alquilada mientras duraran los trabajos de instalación de la empresa de telecomunicaciones que habían decidido montar allí
Bajo ese mismo cielo y a la misma hora, en las Chafiras, Ricky Figari fumaba un John Player Special en el balcón de su casa mirando hacia la gran extensión de plataneras que tenía delante, cuyas verdes hojas pendían fláccidas en el calor de la noche tropical, mientras pensaba en cómo demonios iba a enfocar el asunto de aquellos dos tipos ingleses a los que había seguido la pista hasta la isla primero desde Londres y luego desde Perú.
Al sonar el móvil se sobresaltó, y la colilla del cigarrillo cayó sobre el capó del BMW 320 E21 color verde claro que tenía aparcado justo debajo del balcón.
Era Yannis
-Dime...
-Ricky. Esta noche. En el pub Swashbuckler de Los Cristianos sobre las doce. No des el cante, sé discreto.
-No hace falta que me lo digas.
-Ya lo sé. Pero estos tipos pueden ser peligrosos, se huelen algo.
-Tranquilo, hace tiempo que los sigo. Los conozco bien. Tú sigue trabajando con ellos como hasta ahora; sigue con la vida que lleváis, ya queda poco. Podrás volver pronto a tu barco.
-Está bien. Llevo ya demasiado tiempo aquí. Hasta luego.
Se encendió otro John Player entre toses y entró a tumbarse un rato en el sofá, vestido como siempre con pantalones negros, botines del mismo color y camisa roja de manga larga remangada. Eran las nueve de la noche, aún tenía tiempo de echar una cabezada antes de bajar a Los Cristianos, pero en lugar de dormir decidió servirse un vaso de whisky con soda y tomárselo lentamente mientras analizaba los pasos a seguir.
Eran unos tipos escurridizos estos ingleses, pensó. Especialmente Roland "el egipcio". Inglés de nacionalidad pero nacido en Alejandría; Con todo el aspecto de mercader levantino, vivos ojos negros de mirada penetrante, cabello blanco, abundante y rizado, nariz un tanto larga y curvada, piel tostada... Con un indudable don de gentes, un carisma personal que le iba abriendo puertas allá donde intuyera un negocio rápido y lucrativo, la mayoría de las veces cruzando la delgada línea de la legalidad.
Ya los conocía de otro asunto en Londres del que no se pudo demostrar nada, aunque sabía que habían estado implicados.
Pero esta vez habían llegado demasiado lejos. Bob y él.
La Interpol había sacado a Ricky de su relativa zona de confort en Lima cuando saltó el caso de la gran estafa del tráfico de madera en Iquitos. No le apetecía nada meterse en aquel agujero húmedo y lleno de mosquitos amazónico, pero la cosa se había complicado con la aparición de dos cadáveres flotando en la zona del puerto.
Llegó tarde. Tras varios días siguiendo pistas confusas, un indio que bebía en la barra de un antro y que hacía de guía en rutas por la selva le comentó que había conocido al egipcio en este mismo bar la semana anterior, y que se había largado a Pucallpa en el barco fluvial "Henry 10".
Ricky Figari, mirando desde sus Ray-Ban y sus casi dos metros de altura al pequeño guía de oscura piel y pelos de alambre estuvo tentado de darle allí mismo una buena dosis del "suero de la verdad" versión peruana, pero dado el ambiente circundante decidió no tentar la suerte y tratar de salir de allí sin meterse en problemas. Lo que sí consiguió fue que Norberto, así se llamaba el indio, a base de invitarle a una buena cantidad de cervezas Cristal, le dijera balbuceante que creía que el egipcio tenia pensado viajar a España en un mercante desde el Callao, posiblemente rumbo a las Canarias. Cargamento: virola, caoba y cedro amazónicos...
El Swashbuckler estaba lleno de ingleses, la mayoría de ellos muy borrachos. Roland, inclinado sobre la mesa, miraba fijamente con sus ojos negrísimos la bola negra con el número 8 que quería meter en la tronera de la esquina, de un golpe preciso y seco. A su lado Yannis, apoyado en el taco con una mano y sujetando en la otra una Dorada, miraba alternativamente al egipcio y a Ricki Figari que se había sentado en una esquina de la barra, un vaso corto de whisky con soda delante y el John Player colgando de la comisura de los labios.
Ta-caaa... La bola entró como una bala de cañón en el agujero dando por finalizada la partida, mientras el egipcio se erguía sonriente y satisfecho buscando su bebida con la mirada.
-Bueno Roland, ¡enhorabuena!, dijo Yannis. Ven, te voy a presentar a un buen amigo. Está de paso en Tenerife...
-Ricky, este es Roland. Roland, Ricardo Figari. Ricky para los amigos.
-¡Qué tal! dijo estrechándole la mano.
-Bien. Bonita isla. No había estado antes.
-Pues es el sitio ideal para pasarlo bien, ¿eh Yannis?
-Sin duda, contestó éste. Pero Ricky no ha venido a divertirse, sino por negocios.
- ¿Ah, si? Y qué clase de negocios, si puede saberse...
-Telecomunicaciones, contestó Ricky sacando una bocanada de humo al hablar. Tal vez algo de maderas si cierro alguna cosa...
-Los ojos del egipcio se volvieron fríos y brillantes.
-¡Jajajajaja! La amplia boca de rectos dientes estalló en una carcajada sonora y ronca. ¡Entonces tenemos algo en común!, dijo dándole una fuerte palmada en el brazo a Ricky
-Bueno, quizá podríamos ir a un lugar más tranquilo a seguir hablando de coincidencias, comentó Yannis. Aquí hay mucha gente y mucho ruído.
-No, amigo mío, nunca hablo de negocios cuando bebo y menos en sitios públicos, dijo con tono glacial el egipcio. Además, es tarde, mañana tengo cosas que hacer.
-Mañana entonces, dijo Ricky Figari. Tengo algo importante que proponerle. Al atardecer en el paisaje lunar. No falte, le estaré esperando.
-No le conozco de nada y no me gusta la manera en la que me habla. ¿por qué debería ir a ningún sitio con usted? Ocúpese de sus negocios que yo ya me ocuparé de los míos. Buenas noches, se despidió mirando a los dos metros de agente de la Interpol de arriba a abajo con una mueca de desprecio.
-Roland, hazlo por mí, es algo que nos puede interesar, le dijo Yannis sujetándolo por el antebrazo.
-El otro se paró. -Está bien Yannis, por tí. Pero procura estar tú también allí, no me gusta tu amigo.
-Gracias my friend, contestó Yannis. Subiremos desde Vilaflor, al atardecer en el mar de nubes.
Y mientras lo decía sintió que aunque sabía que estaba haciendo lo correcto, en cierto modo estaba traicionando la amistad de aquel hombre que había confiado totalmente en él. No pudo evitar pensar que ese enigmático personaje, el egipcio, era una especie de pirata a lo John Silver. Un auténtico granuja peligroso, pero capaz de arrastrar a cualquiera a sentir una gran simpatía hacia su persona. Carente de escrúpulos y moralidad, pero encantador y embaucador a partes iguales.
Con estos pensamientos se despidió de Ricky Figari y montó en su moto saliendo a toda prisa de aquel nido de turistas británicos con la idea de subir lo más alto posible hacia el Teide antes de ir a su barco y tratar de no pensar demasiado en el final que iba a traer toda esta historia...
El sol se empezaba a ocultar tras el mar de nubes y con sus últimos rayos hacía brillar la pintura verde metalizada del potente BMW, que Ricky hacía derrapar en las curvas de subida hacia el paisaje lunar. Los pinos de la corona forestal pasaban velozmente por los verdes cristales de sus Ray-Ban y el humo de su John Player que llenaba el coche tomaba una tonalidad azulada al ser atravesado por la luz solar del atardecer.
Yannis iba en el asiento del copiloto en silencio, agarrado fuertemente al asa superior de la puerta para soportar la inercia en las curvas. Su trabajo casi había terminado y pensaba en el inminente encuentro entre Long John Silver "el egipcio" y el agente peruano de la Interpol. El juego del gato y el ratón estaba próximo a acabar.
El frenazo levantó una gran nube de polvo tras el coche y Ricky salió decidido tirando la colilla del cigarro al suelo y encendiendo otro inmediatamente.
-¡Vamos! dijo. Esto se acaba aquí.
Aún había mucha luz y los lisos conos de piedra volcánica aparecían iluminados como figuras en cierto modo vivas, extrañas, que parecían hablar en el silencio ululando a través del viento. Estaban por todas partes; un ejército de criaturas de otro planeta inmóviles e inquietantes, amenazantes...
-Jajajajaja.
Aquélla risa ronca y tétrica otra vez. Provocando un eco que rebotaba de cono en cono, multiplicándose, dividiéndose en muchas, ocupando todo el espacio.
-Figariiiii...
figari...
figari...
Jajajajaja
-¡Sal de ahí, egipcio! Se acabó el juego...
-¿Eso crees, Figari? Pues estás muy equivocado. Se acabará cuando yo lo decida, y a mi manera.
La voz tanto podía proceder de los conos de arriba, cuyo alrededor estaba salpicado de árboles, como de los de la derecha, más abajo, cerca de la ladera empinada.
Ricky comenzó a subir hacia los de la parte superior, respirando con dificultad por la altura y el tabaco, sonando como una locomotora antigua.
Yannis permanecía junto al coche, con la pistola cargada en la mano, atento a cualquier sombra, cualquier movimiento que viera entre los conos.
De pronto, el ruido sordo, seco, como de dos tablas de madera chocando violentamente entre sí, se extendió repetido infinitamente por el paisaje, y el cuerpo de Ricky cayó rodando por la pendiente envuelto en polvo como un muñeco de trapo sucio. Yannis disparó instintivamente hacia los conos de arriba y el sonido se extendió a su vez sobre el anterior. Tres o cuatro detonaciones cuyo efecto se fue disipando rápidamente en el inmenso cielo que ya comenzaba a tomar un tono más eléctrico, de un azul intensísimo, un punto irreal, como el paisaje en el que se encontraban...
En el silencio de la habitación, solo el susurro acompasado del respirador y los latidos digitales en la pantalla de la máquina se sentían a un volumen mínimo.
-Se pondrá bien. Aunque si le tiene aprecio a su amigo, yo le aconsejaría seriamente que dejase de fumar.
-Gracias...
Al salir se sintió extraño, como le había ocurrido tantas veces en su vida al encontrarse envuelto en situaciones que no buscó por decisión propia. Las circunstancias. Esas habían sido la constante. Probablemente debido a su afición al movimiento y a no pasar demasiado tiempo en el mismo sitio...
Recordó aquella tarde en el Médano, junto a la gran duna. Cuando una ráfaga de viento levantó una nube de granos de arena de la cresta. Pensó que aunque allí había estado sentada siempre, en el fondo había estado en permanente cambio. Poco quedaba en ella ya de la arena original.
Miró el enorme cuerpo de su amigo en la pequeña cama del hospital y salió hacia la casita de Golf de Sur. Al llegar, subió al tejado, se sentó junto al murito y abrió una botella de "Sangre de toro". La bebió lentamente, disfrutando cada copa, mirando al inmenso cielo negro plagado de estrellas e imaginando a Roland el egipcio tomando lo mismo en alguno de esos aviones que despegaban de la isla rumbo a Europa o a cualquier otro sitio del mundo.
-¡Al diablo con todo!, pensó...



