miércoles, 28 de enero de 2026

Nómadas

"La seguridad es un falso dios. Estás perdido si empiezas a sacrificarle cosas"



El barco de casco pintado de amarillo "Ibn Batutta" navega por la bahía de Tánger, dejando a ambos lados el cabo Espartel y punta Malabata respectivamente, rumbo a la ciudad portuaria marroquí tal y como lo estuvo haciendo durante treinta y dos largos años al final de su vida. 

A bordo, el músico y escritor norteamericano Paul Bowles lee en uno de los asientos del salón de pasaje; elegante, vestido con traje y corbata, el pelo blanco, la mirada levantada de tanto en tanto para contemplar a través del gran portillo del navío el azul del mar del estrecho de Gibraltar, que tantas veces ha cruzado a bordo de este barco a la ida y a la vuelta de sus múltiples viajes. Sus más de cuarenta maletas, con cientos de kilos de equipaje y numerosas etiquetas de los más variados países viajan en la bodega, camino a su instalación definitiva amontonadas en el pasillo del piso de Tánger. 

Ya no habrá más viajes.

Recuerda entre la lectura y la visión del mar en la bahía, cómo todo empezó muchos años atrás en otro barco, un mercante, en el que partió rumbo a Europa desde su Norteamérica natal. 
No sabía en ese momento que la vida del barco amarillo de la compañía Limadet (Lignes Maritimes du Detroit) y la suya propia iban a acabar sus días en Tánger con tan solo un año de diferencia...


El libro que reposa en su regazo está abierto por una de las primeras páginas, en concreto por una que dice:

"Dejé mi Tánger natal el 13 de junio de 1325, según el calendario cristiano. Tenía veintiún años y justifiqué mi decisión con los argumentos del peregrino. Así dejé a mis padres, a mis hermanos, a mis mujeres, a mis hijos, a mis amigos y mis bienes. Partí con la misma solemne tranquilidad del pájaro que abandona su nido. Sólo el Altísimo, el Clemente, el Digno de las noventa y nueve virtudes conocía el rumbo de los vientos que me impulsaban,,,"

Con estas palabras comienza la narración, o Rihla, que el jeque Abú Abdallati Muhammad Ibn Abdallah Ibn Muhammad Ibn Ibrahin Al Klawatti, conocido como Ibn Batutta a lo largo de los ciento veinte mil kilómetros que pasaron bajo sus plantas, dictó al estudioso granadino Ibn Yuzayy hace más de seiscientos años.

Ibn Batutta murió en 1369 en Fez, a los sesenta y cuatro años. Su desolado protector, el sultán, mandó acuñar cien monedas de oro de diez onzas cada una, que debían ser enterradas en cien diferentes cruces de caminos que el viajero recorriera. El último propietario de dichas monedas parece haber sido un prestigioso platero de Bremen llamado Isaac Rosemberg, fallecido en 1943 en el campo de concentración de Bergen-Belsen y fueron vistas por última vez en Berlín en 1941. 

Se las conoce como Colección de la Media Luna Errante...

No queda pues un gran legado del jeque más allá de su narración, contada de memoria y con posterioridad a sus viajes, y sospechosa de inexacta e incluso fantasiosa. Sin embargo su nombre, como el de su contemporáneo y asimismo gran viajero Marco Polo, ha llegado hasta nosotros como sinónimo de espíritu errante, de aventurero incansable, de curiosidad inagotable...

Como reza un proverbio árabe: "quién vive ve, pero quién viaja ve más".



A finales de los años cincuenta, el viajero que ahora mira por el portillo llegó a Las Palmas de Gran Canaria. Allí le entregaron un telegrama anunciándole que su mujer, Jane, había tenido una hemorragia cerebral. Una década después, cuando estaba escribiendo sus peculiares recuerdos "Without stopping", publicado entre nosotros con el título igualmente preciso, pero más evocador de: "Memorias de un nómada", anotó que aquel aviso era un inquietante mensaje: “Yo no lo sabía entonces, pero los buenos tiempos habían terminado”.
Le quedaba todavía mucha vida por delante (más de cuarenta años), que ocupó, como antes, en su existencia errante, en sus libros y obras musicales y en aspirar la fragancia extraña de una ciudad, Tánger, que había dejado atrás para siempre sus años de gloria, como creía que pasaría con el tiempo que a él mismo le restaba por vivir.

Jane acabó internada en un hospital y enterrada en el cementerio de San Miguel en Málaga bajo una austera lápida negra. Fueron una pareja en crisis permanente, como Port y Kit Moresby, el matrimonio de El cielo protector, unidos por la desazón, pero también la amistad, por las dificultades económicas y el horizonte ciego de un desierto que guardaba los secretos de una vida plena. 

Quienes le conocieron en sus últimos años recuerdan el sombrío edificio en el que vivía, arruinado, con un ascensor renqueante, la mínima vivienda, el desorden de maletas y recuerdos acumulados, el humo del hachís. A Bowles tampoco le importaba, porque para él cada día lejos de Estados Unidos era “un día más fuera de la cárcel”, de la vida que rechazaba; no en vano, había considerado siempre a su ciudad, Nueva York, como un agujero de “ruido, mugre y desolación”.

En esa Tánger, “ciudad azul, barrida por el viento”, que veía arruinada en sus últimos años, Bowles fue quedándose por casualidad, y en su vejez se daba cuenta de que la ciudad por donde pasaron Delacroix y Matisse vivía de recuerdos, de los años en que el palacio de Sidi Hosni, donde vivió Barbara Hutton, congregaba fiestas y excesos de cocaína, alcohol y sexo. Tánger perdió ese carácter, pero ya había atrapado a Bowles para siempre. Después, llegaron los años en que él mismo ya había perdido los deseos de viajar. Port, el personaje de El cielo protector que es una de las máscaras de Paul Bowles, dice en la novela: “La muerte está siempre en camino, pero el hecho de que no sepamos cuándo llega parece suprimir la finitud de la vida. Lo que tanto odiamos es esa precisión terrible. Pero como no sabemos, llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable.” Bowles sabía que la muerte está siempre en camino, y quiso esperarla en Tánger.

Fue durante casi cuarenta años un hombre nómada, aunque estuviera refugiado en un patio de Tánger, alimentó para nosotros las fascinantes imágenes del desierto que nos traen esas escenas de viajeros perdidos en la bruma del siglo XX, que se adentran en los callejones de zocos árabes seguidos por porteadores que acarrean decenas de bultos y maletas, o en la arena interminable, siempre en busca de un lugar incógnito y feliz. A hundred camels in the courtyard se titula otro de los libros que publicó Bowles, un hombre resignado, apátrida, despojado y nómada, a veces equívoco, que miraba las callejuelas y las montañas de Tánger como si guardara cien camellos en un patio, siempre preparados para partir, para perderse en el Sáhara, para encontrarse, al fin.


Así pues, Ibn Battuta salió de Tánger para volver veinte años más tarde; Bowles llegó un día a esta misma ciudad para ya no marcharse nunca del todo. Con seiscientos años de diferencia, ambos representaron el espíritu viajero, dejando el primero un hermoso libro de viajes, una colección de monedas perdidas y un nombre a un barco amarillo, y el segundo una serie de fascinantes novelas, numerosas obras musicales y una forma de entender el viaje como una manera de vivir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario