"La seguridad es un falso dios. Estás perdido si empiezas a sacrificarle cosas"
El libro que reposa en su regazo está abierto por una de las primeras páginas, en concreto por una que dice:
"Dejé mi Tánger natal el 13 de junio de 1325, según el calendario cristiano. Tenía veintiún años y justifiqué mi decisión con los argumentos del peregrino. Así dejé a mis padres, a mis hermanos, a mis mujeres, a mis hijos, a mis amigos y mis bienes. Partí con la misma solemne tranquilidad del pájaro que abandona su nido. Sólo el Altísimo, el Clemente, el Digno de las noventa y nueve virtudes conocía el rumbo de los vientos que me impulsaban,,,"
Con estas palabras comienza la narración, o Rihla, que el jeque Abú Abdallati Muhammad Ibn Abdallah Ibn Muhammad Ibn Ibrahin Al Klawatti, conocido como Ibn Batutta a lo largo de los ciento veinte mil kilómetros que pasaron bajo sus plantas, dictó al estudioso granadino Ibn Yuzayy hace más de seiscientos años.
Ibn Batutta murió en 1369 en Fez, a los sesenta y cuatro años. Su desolado protector, el sultán, mandó acuñar cien monedas de oro de diez onzas cada una, que debían ser enterradas en cien diferentes cruces de caminos que el viajero recorriera. El último propietario de dichas monedas parece haber sido un prestigioso platero de Bremen llamado Isaac Rosemberg, fallecido en 1943 en el campo de concentración de Bergen-Belsen y fueron vistas por última vez en Berlín en 1941.
Se las conoce como Colección de la Media Luna Errante...
No queda pues un gran legado del jeque más allá de su narración, contada de memoria y con posterioridad a sus viajes, y sospechosa de inexacta e incluso fantasiosa. Sin embargo su nombre, como el de su contemporáneo y asimismo gran viajero Marco Polo, ha llegado hasta nosotros como sinónimo de espíritu errante, de aventurero incansable, de curiosidad inagotable...
Como reza un proverbio árabe: "quién vive ve, pero quién viaja ve más".
Jane acabó internada en un hospital y enterrada en el cementerio de San Miguel en Málaga bajo una austera lápida negra. Fueron una pareja en crisis permanente, como Port y Kit Moresby, el matrimonio de El cielo protector, unidos por la desazón, pero también la amistad, por las dificultades económicas y el horizonte ciego de un desierto que guardaba los secretos de una vida plena.
Quienes
le conocieron en sus últimos años recuerdan el sombrío edificio en el que
vivía, arruinado, con un ascensor renqueante, la mínima vivienda, el desorden
de maletas y recuerdos acumulados, el humo del hachís. A Bowles tampoco le
importaba, porque para él cada día lejos de Estados Unidos era “un día más fuera de la
cárcel”, de la vida que rechazaba; no en vano, había considerado siempre a su ciudad, Nueva York, como un agujero de “ruido, mugre y desolación”.
En esa Tánger, “ciudad azul, barrida por el viento”, que veía arruinada en sus últimos años, Bowles fue quedándose por casualidad, y en su vejez se daba cuenta de que la ciudad por donde pasaron Delacroix y Matisse vivía de recuerdos, de los años en que el palacio de Sidi Hosni, donde vivió Barbara Hutton, congregaba fiestas y excesos de cocaína, alcohol y sexo. Tánger perdió ese carácter, pero ya había atrapado a Bowles para siempre. Después, llegaron los años en que él mismo ya había perdido los deseos de viajar. Port, el personaje de El cielo protector que es una de las máscaras de Paul Bowles, dice en la novela: “La muerte está siempre en camino, pero el hecho de que no sepamos cuándo llega parece suprimir la finitud de la vida. Lo que tanto odiamos es esa precisión terrible. Pero como no sabemos, llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable.” Bowles sabía que la muerte está siempre en camino, y quiso esperarla en Tánger.
Fue durante casi cuarenta años un hombre nómada, aunque estuviera refugiado en un patio de Tánger, alimentó para nosotros las fascinantes imágenes del desierto que nos traen esas escenas de viajeros perdidos en la bruma del siglo XX, que se adentran en los callejones de zocos árabes seguidos por porteadores que acarrean decenas de bultos y maletas, o en la arena interminable, siempre en busca de un lugar incógnito y feliz. A hundred camels in the courtyard se titula otro de los libros que publicó Bowles, un hombre resignado, apátrida, despojado y nómada, a veces equívoco, que miraba las callejuelas y las montañas de Tánger como si guardara cien camellos en un patio, siempre preparados para partir, para perderse en el Sáhara, para encontrarse, al fin.



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